DONDE VAS TAN DEPRISA?

Ayer me ocurrió nada particularmente raro ni especial. Iba conduciendo por una carreterita de curvas (3km) muy cercana a mi casa. Como que atraviesa un bosque y hay animalines (hasta una lechuza atropellada encontramos una vez) yo que ando despacio por ahí. Siento aprensión ante la invasión de coches y ruidos que los humanos hemos causado a todos esos seres que viven ahí, y freno el coche. También freno los sentidos, porqué el lugar está impregnado, todavía y a dios gracias, de esa Presencia Natural.

Como tantas otras veces, un potente coche se enganchó, literalmente, en mi parachoques trasero. Ni sus faros le veía. Aproveché a practicar lo que siempre intento: ponerme muy Presente y entrar en la Paz. Muy a menudo observo como al final, si yo no me dejo entrar en la agonía, el estrés y la ira, y me mantengo en la Paz, el coche de atrás acaba por relajarse también, y damos ambos un paseo tranquilo durante, como mucho 5minutos, que es lo que tardas en atravesar la carreterita en cuestión.

Ayer no lo conseguí. La insistencia del de atrás se me antojó más intensa que otras veces. Mi estado interior tampoco ayudaba, y la Paz no aparecía. Aún así intentaba seguir frenando pero, uf, que tensión! Al llegar al final, en la rotonda, el susodicho coche me adelantó en una maniobra bien peligrosa por la derecha. Me dio tiempo a ver conduciendo a una mujer de unos 30 años, con un semblante totalmente “ido”. Entró en la autopista directamente al carril de la izquierda. Tenía prisa, seguro. Estaba tensa y enfadada, seguro que también. Y por la noche, soñé con ella…

Me la encontraba delante, estábamos sentadas en un café. Yo le preguntaba: Donde vas tan deprisa? Tras un instante en el que sentí que se sentía tentada de contarme las mil y una argumentaciones y porqués (llegaba tarde, los niños, cantidad de cosas que hacer, etc), se paró y se miró. Era evidente que reflexionaba la respuesta. Tras unos instantes, levantó la cabeza, me miró y me dijo: a morirme.

Ostras, pues sí! le contesté. Hacia allí que voy yo también. Y el señor este que pasa por aquí, y esa mujer, y ese niño y ese joven, y ese perro y hasta ese árbol centenario. Vamos y caminamos hacia la muerte. Todos nosotros, todos los días, nos dirigimos hacia allí. Y entonces? Le pregunté. Donde vas tan deprisa?

Se me olvidó, me contestó. En ese momento me entendí a mi misma como inmortal, y me olvidé de lo que es importante. Y me importó lo que no lo es.

Es ésa la causa de la prisa compulsiva? Es quizás ése el efecto de que andemos tan locos? Es quizás ésa la causa que nos lleva a alterarnos por cuestiones completamente absurdas constantemente? Es ése el efecto de tener tantos y tantos problemas alrededor nuestro?

Que nos olvidemos de que vamos a morir?

Pues recordémoslo, señoras y señores. Dejemos de huir de recordarlo, para dar la bienvenida cuando lo hagamos. Porqué quizás, encontremos así dentro de nosotros una actitud, un gesto interior hacia la vida y las personas, que nos enseñe algo de valioso para vivir y como no, también para cuando nos llegue el momento de morir, que por si también lo hemos olvidado, lo encontraremos nosotros solos y a solas.

Viva el recuerdo de que no eres inmortal!